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    15.10.2013

    Enfrentar en público nuestros “monstruos”

    desnudos

    Un brindis bien particular se mandó hace algunos días un amigo sociólogo que celebraba su cumpleaños número 42 junto a sus amigotes en un bar que no conocía en Viña del Mar. En su breve discurso y sin una gota de alcohol en su robusto cuerpo, el festejado invitaba a los presentes a dejar a un lado las caretas, a dejar de manipular nuestra imagen pública y a mostrarnos tal cual somos, asumiendo incluso, nuestras trancas y traumas en nuestros espacios de sociabilidad.

    De seguro, su discurso no fue textual como lo dije en las líneas anteriores, pero en el fondo, la invitación era a ser más genuinos, a ser más transparentes con nosotros y con el resto, en especial con los amigos. Lo escuché atentamente porque de cierta manera, hasta me parecieron sensatas e idealistas sus palabras, sin embargo, y así se lo dije, creo improbable que cualquier ser humano quiera mostrarse tal cual es frente al resto. Parte de nuestra sociabilidad pasa, creo yo, precisamente por la manipulación de nuestro yo. No somos los mismos con nuestras parejas que con nuestros compañeros de trabajo. No actuamos igual frente a nuestro jefe que frente a nuestros familiares. Algunos, sin temor a equivocarme, tienen un mejor manejo de su “yo público” y otros, entre los que me identifico, controlamos menos ese “yo público”  y terminamos siendo más o menos iguales frente a los distintos escenarios en los que nos movemos, situación que no siempre puede ser catalogada como una virtud. En mi caso particular, soy bastante parecida a la imagen que mi entorno más privado tiene de mí: polvorita, mechita corta, contestadora y un laaaaargo etcétera. O sea, nadie podría describirme como tierna, piola, relajada…esa simplemente no sería yo, aunque muchas veces lo quisiera.

    Pero volviendo al tema, una cosa es ser más o menos igual en las distintas esferas en que nos toca movernos – digo más o menos porque siempre hay matices (uno cuenta hasta 60 antes de mandar a la chucha a la jefa y sólo hasta uno a la pareja ¿no?)- y otra muy distinta es mostrarnos al desnudo frente a nuestro entorno social, con monstruos y traumas incluidos. Tiene que ver, le decía yo al festejado, con que muy pocos estamos dispuestos a mostrarnos vulnerables frente al resto, es parte de la supervivencia. Frente a mi premisa,  mi amigo retrucaba con vehemencia diciendo que si fuéramos capaces de  hacerlo nuestras relaciones humanas serían muchísimo más profundas y sinceras y que eso mismo redundaría en seres humanos más íntegros y felices.

    Lo quedé mirando varias veces, mientras hablaba, con carita de monito japonés, con una sensación que iba entre la compasión y la necesidad de creerle, o queriendo hacerlo. No sé si las relaciones humanas pueden finalmente construirse sobre tanta verdad, a veces siento que nuestro entorno, y en él lógicamente, nuestros amigos, tampoco quieren conocer tanto de nosotros. Creo que aprendemos a vivir con nuestros monstruos y sólo a veces, o tal vez nunca, sentimos la necesidad de vomitar esas historias ocultas que nos asfixian y que surgen en momentos de catarsis privadas de las que incluso a veces podemos llegar a arrepentirnos. Verse literalmente desnudos frente al resto puede ser una cosa y otra bien distinta es mostrar nuestro más profundo ser a los demás. A lo mejor es parte del desarrollo evolutivo, o de la madurez, no sé, lo cierto es que hasta me emocionó el brindis de mi amigo y me pareció que lo decía con tanta convicción que hasta me motivó a escribir esta columna para invitar al debate. Salud!