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    24.10.2013

    Cómo escapar de la violencia

    LABOCAR CASA3

    En medio de una discusión familiar, un hombre vertió bencina sobre la cama donde se encontraba su esposa y la amenazó con prenderle fuego. El hecho ocurrió hace algunos días en Quilpué y si bien pudo ser un caso más de violencia intrafamiliar, me quedó dando vueltas hasta ahora el crudo relato testimonial de una de las hijas del matrimonio quien con extremada honestidad dijo que no le sorprendió lo ocurrido pues su padre constantemente amenazaba a su madre y que tenía la certeza de que su progenitor jamás cambiará. La joven de 25 años ya no vive con sus padres, sin embargo, pide justicia y que su papá se aleje de su familia…pero hay un pero que pareciera que el sistema de protección no ha incorporado: ese mismo hombre, el agresor de su mamá, es el único proveedor de ese hogar, hoy constituido por su mujer y dos hijas de 11 y 15 años.

    Para cualquiera que desde afuera conozca un caso de violencia intrafamiliar, de historias llenas de agresiones físicas y sicológicas, la primera reacción es seguramente solidarizar con la víctima pero al mismo tiempo plantear como salida el alejamiento del agresor. Pero las cosas son más complejas de lo que plantean los protocolos y el sentido común. Es fácil decir que si eres víctima de violencia debes salir de esa casa y no permitir la repetición de esos episodios que no sólo ponen en riesgo a la mujer sino también, y lógicamente cuando los hay, a los hijos.

    Pero qué pasa cuando el agresor es el único sostenedor económico de esa familia. ¿Está el entorno familiar dispuesto a acoger a esa mujer con sus hijos? ¿está el sistema preparado para otorgarle herramientas inmediatas (y no a corto o mediano plazo) a esa mujer víctima de violencia para asumir el costo de autovalerse? Lamentablemente, la respuesta en la mayoría de los casos, es negativa. Muchos desde afuera enjuician y dictan cátedra, pero el sistema realmente no brinda las herramientas para que esa familia, ahora sin proveedor, continúe al día siguiente con su vida. La mujer de la historia que inicia este posteo lleva 26 años casada con su agresor. Según su hija, el alcohol ha estado siempre presente en las discusiones de sus padres y su mamá nunca ha querido denunciar las agresiones porque depende económicamente de su marido. ¿Cobarde? Podría uno decirle cobarde a esa mujer que se ha dedicado al cuidado de 5 hijos y que seguramente no terminó sus estudios ni cuenta con las redes de apoyo como para poder independizarse de su agresor? El Sernam brinda apoyo sicosocial a las víctimas de violencia y desarrolla programas para permitir en un  futuro la autonomía de las mujeres víctimas de violencia, sin embargo, la vida después de un episodio de violencia no se detiene y sigue demandando la rutina: comida, salud, educación, cuentas y un largo y duro etcétera. Peor aún, en el caso de esta mujer, la casa es de su marido. ¿quién le da un lugar para vivir con sus dos hijas?

    Por eso no debe sorprendernos que un número más alto de lo esperado de víctimas de violencia intrafamiliar finalmente decidan no continuar con las causas judiciales en contra de sus agresores teniendo clara conciencia del riesgo que implica para ellas e incluso muchas arriesgándose a retomar la vida conyugal. ¿Cómo mejoramos los programas de contención para las víctimas de violencia intrafamiliar? ¿cómo el aparato estatal blinda a esas mujeres que quedan desvalidas luego de atreverse a denunciar a sus agresores? ¿cómo prevenimos la violencia?  No dejan de resonar las palabras de la hija de este matrimonio relatando sus recuerdos desde niña, viendo a su padre siempre borracho, agrediendo a su madre y violentando la infancia de esa pequeña. “No quiero que mis hermanas chicas vivan lo que yo viví, yo arrastro traumas desde niña, cuando veo a una persona borracha empiezo a temblar y revivo todo esos malos recuerdos”, sostuvo esa joven de 25 años, que pese a su historia de vida, se propuso no repetir la historia de su madre.