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    01.11.2013

    Esos días de mierda

    brujas-11

    Seguro a todos les ha pasado que han tenido esos días de mierda que le hacen a uno cuestionarse porqué diablos no podemos devolvernos a la casa, acostarnos y poder partir de nuevo. Son esos días en que pareciera que todo se confabula contra uno, como andar meado de gato, cagado de paloma o como sea que el paciente lector logre graficar en su cabeza el concepto de andar con una nube negra sobre la cabeza.

    Me pasó hace pocos días y opté por tomarme el día de mierda simplemente con humor…aunque claro, me costó. No me acuerdo a esta altura cómo partió la mañana, pero lo cierto es que ya al mediodía todo comenzó a oscurecerse. Llegué apurada a buscar a mi hijo. Con mi licencia recientemente recuperada, estacioné donde pude. Vi un espacio apropiado y en reversa comencé a maniobrar con mi autito. Di un leve golpe en lo que creí era la solera y me quedé un rato estacionada terminando una entrevista telefónica. De improviso y mientras me preparaba para bajarme un sujeto se acerca por la ventana del copiloto. Bajo el vidrio y me dice amablemente que en mi maniobra de retroceso le di un topón a su auto. ¿No me digas? le respondo con cara afligida y casi sin pausa agrego ¿fue mucho? El tipo, todo un caballero, me responde que fue una “muesca” o algo por el estilo, así que me bajo a mirar eso que él describió como “muesca”. Efectivamente, la “muesca” no fue más que una rayita insignificante, pero suficiente como para que el hombre se hubiese bajado a enrostrármela.

    Volví a mi auto y me quedé medio nerviosa en el auto a la espera de la hora de salida de mi hijo amado. De pronto veo que una de las compañeritas de mi nene pasa por el lado de mi auto junto a su papá. Nerviosa aún con el episodio “muesca” me bajo apurada creyendo que la hora de la salida de mi pequeño ha llegado y dejo las llaves puestas. A esa altura sinceramente quería cortarme una pechuga, en serio…cómo tan hueo… me dije, pero ya estaba hecho, las llaves, mi chaqueta, mi cartera, todo dentro del auto irremediablemente cerrado.

    Crucé hacia el colegio en busca de ayuda. Una de las apoderadas me dijo que su esposo estaba en el auto estacionado cerca mío y santo remedio. Muerta de plancha pedí que me llevaran a mi casa, que por suerte queda relativamente cerca del colegio y partí en busca de la copia de la llave.

    Me sentía mal, cagá de onda, pero justo en el momento en que empezaba a hundirme en el pantano de la autocompasión, decidí que los absurdos episodios no tenían porqué cagarme el día. Hice un movimiento de manos al más puro estilo bruja, como sacudiéndome la mala onda y lancé una especie de conjuro. Bruja o no bruja, el asunto es que esa predisposición de algo me sirvió, no me volvió a pasar nada malo durante la tarde y al final del día terminé riéndome de mi mala pata.