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    01.11.2013

    Y llegaron los 40

    Como últimamente la cabeza simplemente no me da, he optado, cada vez que me acuerdo, por anotar algún tema que pueda servirme de inspiración para el blog. Soy un tanto dispersa y a veces me embalo con un tema y al rato lo desecho…por eso mejor opté por anotar aquellos temas que pienso pueden servirme o que simplemente motiven mi interés por escribir. A diario surgen varios temas interesantes, la vida misma te da ideas que pueden ser objeto de comentario o análisis, pero la máquina suele pillarme y pasan los días y ese episodio que pintaba para posteo, terminó por diluirse en el tiempo y en los intrincados recovecos de mi cerebro.

    No quiero ser autorreferente, pero no puedo dejar pasar por alto mi cambio de folio. No porque la llegada de los 40 haya estado plagada de cambios o celebraciones de fin de mundo, sino precisamente por todo lo contrario. Y no es que haya tenido expectativas altas frente a la llegada de los 40 sino que finalmente el cumpleaños llegó en medio de un contexto particular, muy particular y extremadamente anti festejo. No quiero ser ingrata con mis amigotas que con anticipación reservaron un día en sus ocupadas vidas para celebrar conmigo las cuatro décadas, lo pasamos increíble animadas por unos mojitos extralarge y unas ricas tablas que aún hoy me saboreo. Eso estuvo genial y los regalitos idem. Nada que decir y se agradece infinitamente ese cariño genuino de las amigas que han estado con una desde aquellos looks noventeros de los que varias renegamos por estos días. Pero el tema no es ese.

    Decía que la llegada de los 40 llegó en un contexto especial. No había planes ni expectativas, pero coincidió justo con un proceso de cuestionamientos que por lo general opto por obviar. Es que debo confesar que si hay algo que me genera salir corriendo, es tener que hacerme cuestionamientos sicoanalíticos del tipo “ser o no ser”. Si debo ser sincera, es cierto que suelo ser bien dada para los “pajeos” mentales. Perdón por la burda expresión, pero la verdad es que suelo hacerme verdaderos pajeos mentales que, por fortuna no pasan de ser sólo eso: pajeos. Pero de ahí a darme tiempo para pensar si estoy donde quiero estar o con quien quiero estar, el seso simplemente no me da. Recuerdo que una vez en una sesión con el sicólogo, el hombre me preguntó cómo me veía en 10 años…¿en 10 años? le pregunté con cara de horror. Mi respuesta fue que con cuea sabía si al día siguiente me iba a levantar o no, por lo que difícilmente podía responder a su compleja pregunta.

    Bueno, la llegada de los 40 me sorprendió precisamente en ese proceso que odio. Sigo sintiendo, al igual como me pasaba hace 10 años y seguramente también hace 20, que la vida me lleva, que decido en función del escenario, que las decisiones surgen desde el estómago o del corazón y no de la cabeza, que estoy donde finalmente, bien o mal, he decidido estar…que tengo la vida que he ido construyendo. Si miro para atrás con la experiencia de ahora, probablemente otras habrían sido mis decisiones en los distintos ámbitos de mi vida -laboral, emocional, profesional, etc. – pero estaría viviendo otra vida distinta a la de hoy y sin ninguna garantía si peor o mejor a la que tengo.

    A veces quisiera ser más planificada, proyectarme, detenerme un momento a pensar en lo que quiero ser y hacer, pero de alguna manera mi cabeza siempre se las ingenia y esquiva de manera prodigiosa ese proceso. A lo mejor los 40 son un buen momento para detenerse un poco y darse el tiempo de mirarse en el espejo…aunque en el fondo de la imagen que nos refleje aparezcan las arrugas, los dolores, las alegrías, las decisiones guardadas bajo la alfombra, las lágrimas ahogadas en la almohada, las recriminaciones, los arrepentimientos…en fin, tanto que tenemos en el fondo de nosotros y que nunca, o tal vez casi nunca, dejamos que aflore por miedo a enfrentarnos a nosotros mismos desnudos y vulnerables como protagonistas de nuestra historia.

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