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    25.11.2013

    Sudor, agujetas… el cuerpo ya no es el mismo

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    No se trata de vanidad ni de pretender convertirse en portada o contraportada de revista – ya saben, las populares contras de La Estrella – sino que sentirse un poco más livianita, despertar esos músculos desconocidos y de nombre impronunciable dedicándole al menos unos minutos al desestrés. Si de yapa se logra bajar al menos un poco el maldito rollo de la cintura y la guata, ¿por qué no sudar un rato en el gym en mis clases de GAP? Recuerdo con nostalgia cuando hace un par de décadas, me bastaba con reducir a la mitad mi consumo de pan para ver de inmediato los resultados con una guata bastante decente en bikini…pero eso era antes, antes de dos embarazos, antes de los 40, antes de que el metabolismo cambiara de manera drástica, enfrentándome a malestares desconocidos como la acidez y la hinchazón.

    Por eso insisto que mis pretensiones en el gym no son tan ambiciosas – aunque ya quisiera yo que lo fueran, lo mismo que los resultados – y tampoco pueden serlo con dos modestas clases de GAP a la semana. Ya se estará preguntando qué diablos es GAP. Fue lo mismo que me pregunté cuando en la pega nos ofrecieron unas becas para asistir a clases en la Guay. Quería hacer yoga o pilates pero lo único que coincidía con mi disponibilidad horaria era ese misterioso GAP. Lo primero que se me vino a la mente fue lo que conocía: Grupo de Amigos del Presidente, pero eso, claramente no tenía nada que ver en un escenario tan frívolo como un gimnasio. Resultó ser ejercicio localizado: glúteos, abdomen y piernas=GAP.

    Los primeros días fueron terribles, sufrí, sintiendo incluso que me iba a desmayar en plena clase. Me sentí sin fuerzas, a punto de sufrir un preinfarto pero sobreviví. También me sentí avergonzada viendo mi reflejo descoordinado en tanto espejo que hay en las salas de los gimnasios. Mientras el grupo iba hacia un lado, yo iba en la dirección contraria. Mientras la profe decía arriba, yo bajaba…en fin, serios problemas que opté por tomar con humor. Pero eso fue al principio. Ya llevo dos meses y estoy bastante más coordinada. ¿tonificada? físicamente debo reconocer que no siento mucho cambio pero sí creo que se me tonificó el espíritu. Me siento más liviana y a pesar de que estos días han sido un tanto oscuros, me he sentido bien.

    Debo reconocer que distintas personas me han encontrado más delgada, aunque no he bajado ni un solo gramo. Al contrario, subí como un kilo. Una compañera, a la que elegiré como mejor compañera a fin de año, me dijo – tierna ella -que  como apreté los músculos, subí de peso. ¿Cómo no la voy a querer? linda ella.

    Reconozco que tengo mis días más inspirados y otros no tanto. Hay días en que quiero hacer la cimarra y faltar a clases, pero después me arrepiento y voy igual. Otros días ando super power y siento que llevo el ritmo de la profe y que soy seca. Otros, me cuesta levantar hasta el dedo menique. Pero el peor de los días fue uno en que una de las alumnas “aventajadas”, esas que se saben todas las secuencias, le preguntó a la profe con tono que advertí como de queja, sobre su abultado abdomen. La profe la consoló diciendo que lo había reducido, que no se exigiera tanto…sin embargo, y es aquí donde me dio el bajón, la aventajada alumna le replicó que ya llevaba 10 años asistiendo a su clase y que ya había perdido la esperanza de bajar esa panza. ¡¡¡¡¡¡¡10 años!!!!!! gritó una voz aterrorizada dentro de mi cabeza, 10 años y con esa guata…entonces qué me queda, pensé. Seguir sudando, sufriendo con las agujetas del día después…

    Fue entonces que reflexioné en torno a mi decisión de seguir yendo al gimnasio: quiero un vientre plano y una cintura de avispa. Claro que quiero, pero tendría que volver a nacer con ese cuerpo. Las cosas como son no más. Si tampoco todo reduce a un cuerpo esbelto y tonificado, también es impagable sentirse con otra energía, livianita aunque eso sólo lo puedas sentir internamente y pocos, o tal vez nadie, lo halague. Total son cosas que uno hace por uno, no por el resto ¿o no?