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    17.12.2013

    Te odio mi amor

    amoryodio

    Sin duda que una de las frases más manoseadas es aquella que dice que entre el amor y el odio hay sólo una delgada línea fácil de traspasar. A quién no le ha ocurrido que amando tanto a alguien, de pronto lo odias con una intensidad tan profunda como el amor que un día le expresaste. Es que son sentimientos tan extremos que de tanto en tanto, parecen acercarse peligrosamente e incluso parecerse. La transformación de un amor intenso a un odio patológico es tal vez un escenario extremo, pero esas pequeñas desavenencias diarias, esas discusiones profundas en la rutina, hacen surgir a ratos destellos de ira que si no amortiguamos, pueden convertirse en el principio del fin.

    Dicho lo anterior, en una reflexión bastante incoherente, siento que, particularmente en mi caso, la mayor diferencia entre el amor y el odio en una pareja, es que el primero es un sentimiento que suele perdurar mientras el segundo surge solo a ratos y luego muta en decepción, impotencia, frustración…pero ya no odio. Me podrán decir que el amor también experimenta mutaciones conforme avanza una relación y también es cierto, pero de lo que quiero hablar es precisamente de esos destellos de odio que a veces se parecen al desamor. Pasa que el amor opera de manera engañosa, o tal vez debiera decir, el estado inicial de enamoramiento, suele engañarnos y presentarnos al otro objeto de nuestra atención, sólo en sus aspectos atractivos y queribles. Nos autoengañamos y aunque sabemos – sobre todo con más experiencia – que ese estado no durará por siempre, nos gusta sentirnos así, atraídos, encandilados, como si ese otro fuera perfecto, o casi perfecto. Celebramos sus tonteras, sus chorezas…las mismas que dentro de un tiempo empezaremos a odiar. ¿Por qué diablos somos así?

    Hace unos días veía una película antigua protagonizada por Michelle Pfeiffer y Bruce Willis. Aunque la traducción del título sonaba bien mamón – “Nuestro amor” – algunas críticas me parecieron interesantes y me arriesgué a verla a modo de terapia. Aunque un poco lenta, el fondo de la historia era un buen mensaje a quienes se arriesgan a apostar por una vida de a dos: casa, hijos, proyectos, familia. La historia está contada como un documental, donde Katie (Pfeiffer) y Ben (Willis) van contando desde el presente, cómo surgió el amor entre ambos y cómo, sin darse cuenta, las complicidades, el amor, la seducción, se fueron escapando sin retorno, convirtiéndose sólo en padres de sus dos amados hijos, pero en nada más que eso.

    Lo que diré a continuación no es una deducción sesuda, probablemente no es más que una perogrullada, pero a veces es necesario explicitarlo para tomar conciencia de nuestras decisiones. No es fácil la vida en pareja, menos con hijos, trabajo, cuentas, y un sin fin de externalidades. No todos logran salir airosos de las crisis, las peleas del día a día. Yo no lo había pensado hasta ahora. Tal vez me acostumbré al estado de guerra permanente, convertí mi cotidianidad en frecuentes peleas de distinto nivel. Creí que el amor, los hijos, “el proyecto” bastaban. Pero no siempre es así. Nunca debemos olvidarnos que las relaciones son de dos, que lo que puedo estar pensando o interpretando de la relación no necesariamente es compartido por el otro y que a veces, simplemente, el amor muta irremediablemente y aquella sintonía que habías logrado armonizar, tras duros ensayos, simplemente desentona a tal nivel que ya nadie quiere seguir escuchando.