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    14.01.2014

    “Mamá, pégame”

    retar

    Leo y vuelvo a leer el cartel que escribimos con el mayor de mis hijos con nuestros propósitos para este 2014. La mayoría, era esperable, tiene que ver con mejorar nuestra relación y hacer nuestra convivencia más armoniosa y libre de gritos y amenazas. Para ser sinceros, ninguno de los dos ha cumplido con ese laaaargo listado de buenas intenciones. La tarea, tanto para él como para mí, ha resultado más compleja de lo que esperábamos. Pero como soy yo el adulto, no puedo más que cuestionarme en torno a qué es lo que estoy haciendo mal… pero tan mal.

    En teoría todo lo que leo en torno a sicología infantil, lo comprendo, entiendo y, la mayoría de las veces, hasta estoy de acuerdo. Sin embargo, al momento de llevar a la práctica esos consejos, soy un fracaso total. Amenazo más de la cuenta (y, obvio, no cumplo con la amenaza), grito más de la cuenta y pa’ colmo no logro que mi hijo cambie su actitud oposicionista como me describió tan certéramente la Claudia. Es que mi hijo es el rey de los oposicionistas y a mí se me olvida. Ya la fonoaudióloga que le ayudó a corregir sus problemas de pronunciación me lo había advertido, consolándome, creo yo, con que mi hijo era muy, pero muy inteligente: “Así son los oposicionistas”, me dijo con cara de compasión. Ocurre que mi hijo me saca los choros del canasto. Cuando lo llamo, me dice “espera”; cuando le advierto que no haga algo, hace justo lo contrario y lo peor de todo, no tiene punto de inflexión. El despierta con las pilas alcalinas recargadas y simplemente no se le agotan aunque corra la maratón. No se puede negociar con él porque cuando le dices cinco minutos, el quiere seis; cuando le dices media hora en el compu, él quiere una hora; terminamos peleando y yo gritando más de la cuenta y hablándole con una rabia que se refleja en mi rostro desencajado. Lo asusto y de paso asusto al más chico que, para mi horror, me imita y me hace sentir lo peor.

    Pero tal vez, lo que más me ha hecho pensar y escribir esta columna, fue lo que ocurrió anoche hablando con mi hijo. Como solemos hacerlo, antes de dormir conversamos, regaloneámos y hacemos una especie de “balance del día”. Como habíamos peleado tanto el fin de semana le dije que estaba agotada, que no me gustaba que peleáramos tanto y que ya no sabía qué hacer frente a su mala conducta. “Cuántas veces hemos hablado esto? ¿Qué tengo que hacer para que no sigamos así?”, le dije y él me contestó con una carita: “Mamá, pégame”…lo quedé mirando sorprendida y al principio no supe qué decirle. “Pero cómo te voy a pegar, si los animales entienden a golpes”, le contesté. “Pégame, insistió…despacito, pero pégame”. En el momento, como todavía estaba molesta con el agotador fin de semana, no reaccioné, pero luego que se quedó dormido, lo quedé mirando y me dio mucha tristeza. ¿Qué habrá pasado por su cabeza para llegar a esa conclusión?

    No quiero seguir con esta lucha diaria, me agota… pero reconozco que me siento carente de herramientas. He escuchado desde las más extremas opiniones-consejos hasta las más alternativas: que le dé un buen coscorrón fue el consejo de mi padre de 69 años (“A mí mi abuela me pegó una sola vez y nunca más me porté mal”, me dice a modo de teoría cumplida). Reconozco con mucha vergüenza que en más de una ocasión le he dado un tirón de pelo a mi hijo. Mal, lo sé. Pero, peor aún, es la forma en que he terminado retándolo cuando siento que no hay cambios. Sé que tengo que cambiar yo, que él ya se acostumbró a los gritos y que por lo mismo, hasta que no grito simplemente no entiende porque su sistema responde a esa estructura: ella grita yo me detengo. Mal, muy mal.

    Una compañera me comentaba que sigue en twitter a una sicóloga infantil y que ella planteaba darle “opciones” a los niños. Mamá e hijo acordaban que, por ejemplo, cada vez que el niño se estuviera portando mal, la mamá le tocaría una rodilla como señal que debía cambiar la actitud. La opción, puede quedar a criterio de cada cual y, obvio, que estén los dos de acuerdo.

    Yo seguiré probando distintos sistemas e intentando educar y disciplinar a mis cachorros sin violencia y con mucho, pero mucho amor.