Invita a tus amigos a usar nuestra aplicación

Usan la aplicación de soychile.cl

    24.03.2014

    Aprender la lección

    lengua vi

    Vacaciones, marzo, locura de comienzo de año laboral. En fin, todo se confabuló para que me retrasara en retomar el blog. Pero aquí estoy, de vuelta y con varias cosas que comentar. Como los días han estado tan cargados de cahuines políticos, nombramientos de autoridades y frescos de raja con ganas de pasar piola, he optado por recomenzar compartiendo con ustedes una simple frivolidad que vino acompañada – vaya ironía – de un enorme aprendizaje.

    mujer_enojada1

    Como marzo es el mes de las cuentas, los gastos, los pagos, en fin, todo lo que significa desembolsar lucas hasta quedar planchado, como nunca antes, este año coticé como mujer aplicada, el seguro obligatorio antes de pagar el permiso de circulación. A diferencia de gran parte de mis compatriotas motorizados, siempre me preocupo de pagar a tiempo el permiso para evitar los atochamientos. Pero hasta el año pasado, mi comportamiento era siempre el mismo: ir a los módulos de atención del estero Marga Marga, comprar ahí mismo el seguro y en 5 minutos el trámite listo. Este año en cambio, como nunca, he tomado conciencia del gastadero que trae este mes, por lo que me preocupé de cotizar el seguro y no quedarme con el que estuviera más a mano. Confieso que una nota de prensa que hablaba de diferencias de hasta un 100% en el pago del SOAP encendió la alerta en mi cabecita y me puse más aguja. El tema es que, orgullosa, me ahorré más de la mitad de lo que me habría costado el seguro y además, hice el trámite por internet, sin moverme de mi escritorio. Me sentí tan feliz, aunque estuviera pagando un trámite, porque de alguna manera sentí que el sistema no lograba ganarme y que era yo la que le ganaba la partida. Bien!

    Pero nada, no he aprendido nada. Esta semana, caminando por el centro de Viña, me topé con la llamativa vitrina de una boutique de calle Quinta. Un vestido choro, bien fuera de lo común atrajo mi atención y me hizo cuestionarme en torno a mi decisión de no comprarme un vestido para el matrimonio que tengo dentro de unos días. Mi reflexión – seguro me entenderán las mujeres – fue que nunca está de más un vestido, que no falta la ocasión en que uno necesite tenerlo en el closet por si acaso y otros varios argumentos que finalmente me decidieron a probarme el bendito vestido. Dentro del probador y antes de ponérmelo, mi último ejercicio de autoconvencimiento culposo fue que sólo si me quedaba perfecto pensaría en comprarlo, de lo contrario, desistiría en el acto y por donde mismo vine me iría. Pero no. Los astros a veces se confabulan y ahí está una, víctima predilecta. El tema es que el vestido me quedaba perfecto, había sido hecho para mí y no tenía más opción que comprarlo. ¡Qué frágil soy!

    Con las “facilidades engañosas” que nos brinda el modelo de libre mercado, terminé comprando el vestidito con dos cheques. “Ni los sentiría”, pensé, engañándome como si, nuevamente, fuera yo la que ganaba la partida.

    Feliz con mi adquisición, con haberme evitado la tediosa tarea de “vitrinear” y reiterándome que siempre es bueno tener un vestido para una ocasión especial, me olvidé del tema, dejé a un lado la culpa de gastar lucas en nimiedades y todo como si nada. Hasta hoy.

    Por esas casualidades de la vida, fui al mall de 14 Norte para comprar el regalo de cumpleaños de mi hermano. Con la compra hecha, caminé hacia el paradero para tomar la micro. En mi trayecto, me encontré – la fuerza del destino – con una tienda que hace unos 5 años fue el descubrimiento de descubrimientos, por la variedad y la originalidad de sus prendas. Como mujer curiosa y tentada que soy, me acerqué y, cuál fue mi sorpresa, al ver que en un mostrador, colgaba el mismo vestido que había comprado el día anterior. Juro que me encomendé a no sé quién para que el vestido costara 50 o 60 lucas, de manera de sentir que nuevamente le había ganado al sistema.

    Me acerco al mostrador y con cierto mareo veo la combinación de números que no podía ser más que un error. Convencida de la equivocación, me acerco a la vendedora y le pido que me confirme el valor del vestido, que no sólo se parecía al que compré, sino que era EL MISMO, idéntico. El tema es que pagué tres veces el valor del vestido ¡TRES VECES! Con el vestido barato en las manos, no lograba convencerme y me quebraba la cabeza ideando alguna fórmula para poder devolverlo y recuperar mi plata. Pero nada, la ley del consumidor no me ampara y no tengo más que resignarme a la realidad: haber pagado tres veces el valor de un vestido que simplemente no necesitaba.

    Me sentí tan furia, tan tonta, estafada. Todo lo contenta  y orgullosa que estaba por haber pagado un seguro más barato, se fue a las pailas con el bendito vestido. Si yo no aprendí con esta experiencia, espero que alguno de ustedes lo haga: cotice siempre, vitrinee si tiene tiempo, compare precios…y por sobre todo, no compre en la boutique “Dominga” de calle Quinta en Viña del Mar, donde los precios son simplemente inflados.