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    09.04.2014

    Maltrato clasista y xenófobo

    anita_tijoux-fin-del-mundo

    Si hay algo que me choca es la gente clasista, cualquiera sea su estatus social. Me pasa lo mismo con los ataques xenófobos, homofóbicos y de género. Pero lo que me indigna aún más es que esos ataques sean siempre tan selectivos. Me explico: pareciera que por idiosincrasia, nuestro gen discriminador surge sólo con aquellos que no son “claros” olvidando nuestras raíces como pueblo mestizo. En Chile todos queremos ser rubios y de ojos claros es cosa de ver la TV y los catálogos de grandes tiendas. El mejor ejemplo, el comentario a viva voz de un grupo de borrachos en el Lollapalooza que aparentemente queriendo denostar a la talentosa Anita Tijoux, la calificaron de “cara de nana”, a lo que ella respondió con la inteligencia que sólo poseen aquellos que llevan con orgullo sus raíces y no intentan con desesperación hurgar en el árbol genealógico por antepasados ojala gringos o europeos. ¿Puede haber algo más patético?
    Pero así no más somos: racistas, clasistas…pero sólo con algunos. Porque si el compañerito nuevo es rubiecito y habla español con dificultad, nos deshacemos en esfuerzos por ayudarlo e integrarlo. Distinto si se trata de un peruano o como les pasó a un grupo de queridos amigos hijos de una médico ecuatoriana que por estudios de su madre, se encuentran en Chile. Los 4 adolescentes estudian en el emblemático Liceo Eduardo de la Barra donde han destacado por su altísimo nivel académico, muy superior, hay que decirlo, a la media. Sin embargo, sus “educados” compañeros les han hecho saber su malestar, tratándolos de peruanos, colombianos, olvidando siempre intencionadamente su país de origen. Los acosan y les hacen la ley del hielo. Una vergüenza.

    Con insistencia me he preguntado por qué diablos somos así. ¿Por qué gran parte de las mujeres quiere ser rubia? ( de mis ex compañeras más de un 50% es hoy rubia y eso que en el colegio sólo había 2 rubias naturales). Porque a los rubios se les trata de manera distinta y eso que lo niegue quien quiera a ver si puede. Hace algunos años creí entender por qué somos así. Con mucho esfuerzo me fui a estudiar a Madrid. Como las lucas eran escasas, además de estudiar trabajé en distintos rubros y me percaté de lo profundamente racistas que son los españoles. Odio las generalidades y obvio que no todos – al igual que no todos en Chile somos racistas – pero lo cierto es que conocí personas de distintos estratos y nivel educacional, y para mala o buena suerte, me encontré con una conducta racista bastante transversal. A modo de ejemplo: la ayudante del encargado de la especialidad que hice en la Complutense vivía haciéndonos comentarios a mi amiga mexicana y a mí, la chilena, sobre que juntas parecíamos un afiche de publicidad de Benetton. Repetidamente solía preguntarle a mi amiga sobre la población de africanos que había llegado a México y, el comentario más patético, es que ella había descubierto hace poco tiempo que era de origen celta. ¿y a quién le importaba? parecía que a ella…y mucho.

    Algo parecido me pasó cuidando a un profe jubilada a la que le hacía las compras. La viejecita cada vez que me veía me repetía, olvidando que ya lo había hecho la visita anterior, que yo no parecía sudamericana. “Por qué me dices eso Rosa?”, le preguntaba, añadiendo que cómo diablos pensaba que eran los sudamericanos. “No sé, me decía ella, me los imagino a todos oscuros, negros”. Y eso que era profe.

    Pero no sólo somos racistas, lo clasistas lo tenemos adherido a la piel. Basta que se ponga a observar y me dará la razón. El trato es escandalosamente distinto para una persona pobre que para otra que no lo es o que aparentemente no lo es. Una amiga que llevó a su abuela a retirar sus remedios a un consultorio de atención primaria me contaba con furia su espera en la fila en el mesón de atención. La funcionaria trataba con desdén y prepotencia a un abuelito que había perdido su número de atención pero que requería con urgencia sus remedios. La mujer además de retarlo a viva voz – ante el silencio avergonzado del hombre – le manifestó que debería regresar en otra oportunidad por el hecho de haber perdido su turno. El viejito le explicaba en voz baja que le había costado juntar la plata para la micro y se quedó a un lado esperando la ocurrencia de un milagro. Cuando le tocó el turno a mi amiga, la mujer actuó con un tono diametralmente opuesto. La mujer le explicó con tranquilidad que existía una dificultad en la farmacia, a lo que mi amiga reaccionó diciéndole que de allí no se movería sin los remedios de su abuela. Mi amiga, que es profe, argumentó y le recordó los derechos de cada uno de los pacientes, de los de su abuela y los del viejito que la antecedía. En el fondo, mi amiga levantó la voz y no se quedó callada. La mujer le pidió que no se alterara y que buscaría una solución, la misma que minutos antes le había negado al abuelo.

    ¿Por qué somos así? Tengo esperanza en que quienes rechazamos este tipo de conductas tan anacrónicas, nos preocupemos por fomentar conductas no discriminatorias en los niños para tener una sociedad genuinamente integradora y no sólo para la foto o las declaraciones de buena crianza.