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    09.06.2014

    La inercia de las palabras

    equivocarse de nombre
    (Por Amalia Paz)

    La última conversación con mis amigotas versó sobre el sentido y el sin sentido de las palabras. Suena profundo pero la verdad, no lo es tanto. Ocurre que una de mis contertulias comentaba primero con cierto dejo de sorna y luego preocupada, que su ex en más de una ocasión le había dicho “mi amor”.

    El tema no habría pasado a mayores si mi amiga, tanto o más pajera que yo, después de reírse, se puso seria y preguntó preocupada si pensábamos que esa frase tan cargada de sentimiento, no podía significar que aún existía “algo”, al menos de parte de su ex.

    Después de las más diversas y descabelladas teorías – bien remojadas en mojitos y pisco sour – la conclusión fue bien clara. No sé si mi amiga esperaba otra respuesta, tal vez guardaba alguna esperanza oculta o incluso su ego se habría elevado un poco, pero lo cierto es que la conclusión fue cortante y sin lugar a interpretaciones: las palabras pierden el sentido profundo y se diluyen, al igual que el amor y la pasión, en la vorágine de la rutina.

    La más dura de mis amigotas lo dijo sin anestesia. “Julio podría haberte dicho indistintamente Paula o mi amor, y eso querida, no significa nada, sólo que las palabras no son reflejo de sentimientos profundos ni consecuencia de elaboradas reflexiones”.

    Mi amiga hizo una mueca que bien pudo parecer un esbozo de sonrisa como de puchero. Por eso, la más graciosa de mis contertulias, supo como siempre, salir al paso con un comentario preciso.

    “Pero Paulita, vele el lado práctico al asunto, ‘mi amor’, ‘mi chancho’, ‘papi’, ‘papito’, sirven de comodín en esos momentos candentes, sin temor a mandarse un condoro con el amante de turno. Bien puede ser Julio, Pablo, Javier, por eso el comodín universal es lo más práctico…si el hueón se pasa rollos porque le dijiste ‘mi amor’ esa es huevá suya y no tuya ¿cierto’”.

    Sabia mi amiga, para qué darle más cuerda al trompo.