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    17.09.2014

    El patas negras

    amantes

    Buscando en un portal sobre chilenismos encontré el origen de porqué a los amantes se les llama “patas negras”. Según el portal “El Definido.cl” se llama así a las personas que se involucran amorosamente con alguien que ya tiene pareja o es casado. Según este portal, la expresión habría nacido en Lota y era el sobrenombre de un minero del carbón que trabajaba de noche y que al terminar su jornada, temprano en la mañana, visitaba a escondidas a la esposa del jefe de la mina. Como los vecinos lo veían llegar descalzo, con los pies negros por el carbón y además sabían lo que sucedía, le comenzaron a decir el patas negras.
    Tras esta pincelada de “cultura criolla” que me permite contextualizar el siguiente post, paso a la historia que en realidad, así como en el chiste, es la historia del amigo de un amigo.

    Resulta que este hombre, al que llamaremos Javier, vivió por allá por los ’90 uno de esos tórridos romances que terminó como suelen terminar los tórridos romances. Se enamoró hasta las patas de una mujer siete años más joven. Comenzaron su idilio cuando ninguno de los dos se había atrevido a cortar con sus respectivas parejas. Pero finalmente estuvieron juntos, vivieron su amorío por casi media década, entre ires y venires y entre traiciones y reconciliaciones.

    Hasta que un día la historia no dio para más. Se separaron, como en toda tórrida relación, de la peor manera, deseándose cada uno lo peor del universo, odiándose tan intensamente como se habían amado. Ella hizo sus maletas y cruzó para siempre el Atlántico. Él se quedó donde mismo, pasmado y condenado al olvido. Pero el tiempo que todo lo cura, hizo lo suyo.

    Él volvió a enamorarse, sus heridas de antaño cicatrizaron para siempre y rehízo su vida como el hombre sensato y noble que siempre fue. Ella en tanto, tras mucho deambular como gitana por Europa, logró encontrar el amor donde siempre fantaseó que podría ocurrir: en Paris. Allí se enamoró de un sudafricano bueno como el pan, artesano de oficio y con más historias que Rintintín. Ella también sintió que sus heridas pasadas cerraron por fin, que sí había en el mundo otro hombre dispuesto a amarla tal cual era y con la pasión que ella siempre añoró de Javier. Se casaron, tuvieron dos hijos y se consolidaron en un pequeño departamento en el barrio latino.

    Pero el tiempo que todo lo cura parece también, cada tanto, querer cobrarnos deudas del pasado. Javier siguió con su vida sin mayores sobresaltos. Tuvo 4 hijos con la mujer que había logrado sanarlo y llevaba una vida tranquila, a ratos, demasiado tranquila. Ella en tanto, que disfrutaba de los designios del destino que vino a reencontrarla con el amor tan lejos de todo, se encontró un día con la sorpresa más inesperada. Su sudafricano ya no la amaba y ella no quería seguir preguntándose eternamente porqué. Así que finalmente y con la sensatez que nunca la caracterizó decidió volver. Armó de nuevo sus maletas y con un hijo en cada brazo decidió regresar, después de 15 años, a Chile. Javier, que nunca más tuvo contacto con su juvenil amor, se enteró a través de los amigos que ella estaba de vuelta…con dos hijos y separada.

    Como el tiempo todo lo cura y como Chile es un pañuelo, Javier se la encontró un día en el Museo de la Memoria en Santiago y no sintió más que la alegría de ver a una vieja amiga. Él andaba haciendo un registro para su enésimo estudio y ella simplemente se ponía al día con todo lo que se había perdido en estos años. Tomaron un café y fue como si nunca el tiempo hubiese pasado, la misma buena onda, la misma sintonía, con algunos matices, pero finalmente la misma.

    Sabían que la distancia y el tiempo habían ayudado a sanar y les permitía construir una relación distinta, adulta y distante. Pero también sabían que no era prudente propiciar nuevos encuentros. Pero como la sensatez no siempre aparece cuando debe, volvieron a encontrarse. Esta vez no en el Museo de la Memoria ni por casualidad, sino que con hora y lugar establecidos. Se convirtieron por 7 meses en amantes, creyeron recuperar historias pasadas, creyeron recuperar el tiempo perdido, pero no era más que un engaño disfrazado de reconciliación tardía. Los ex convertidos ahora en amantes, volvieron a amarse, pero con la certeza de saber que la historia no iba hacia ningún lado. Ella no estaba enamorada y él creía que nunca había dejado de estarlo. El final era predecible. Ella siguió tan sola como estaba y él regresó a la sensatez que había encontrado, o que creyó encontrar hace 15 años, pero esta vez con ese sabor amargo de la traición.