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    25.09.2014

    Esa herida llamada desamor

    comicsmujerllorando

    Gabriela era la mina de la que todos mis amigos se enamoraban. No era la niña popular de la U pero sí tenía fama de serlo. Tenía esa belleza especial, no era que fuera tan linda, pero creo que eran la mezcla entre su carácter y una cara de ángel y demonio. Siempre tuvo suerte en el amor. Tipo que le gustaba caía rendido a sus pies. Ella decía que tenía mal gusto, pero lo cierto es que siempre se vinculó con tipos atractivos, interesantes como diría mi madre.

    A pesar de su fama de chica popular y deseada, Gabriela fue siempre la polola de alguien en la U. Tuvo dos pololos en aquella época, habiendo podido tener el doble o quizás más. Su peor defecto, como ella misma decía, era que si se enamoraba, la traición quedaba inmediatamente fuera de toda posibilidad. Es decir, en esos dos pololeos que le conocí, jamás se le ocurrió mirar pa’ l lado y oportunidades le sobraron…aunque ella, claro, nunca lo supo.
    La envidia evidentemente, siempre la rondó. Porque a pesar de que había niñas mucho más lindas que ella, Gabriela tenía algo que ni siquiera yo que era su mejor amiga, lograba descifrar. Incluso hubo muchos que desafiaron la fama de mi amiga e intentaron probar que no era tanto su magnetismo y terminaron, pobres, enamorados de ella.
    Gabriela era popular y feliz. Por eso cuando hace unas semanas me la encontré en el supermercado me pareció que esa Gabriela ya no era la de entonces. No la veía hace años. De ser mejores amigas, la vida terminó llevándonos por caminos distintos y distantes. Ella se fue a hacer una pasantía a España y cuando regresó hizo su vida en Santiago. Yo, provinciana de tomo y lomo, viajaba muy de vez en cuando a Santiasco y los compromisos familiares de cada una, fueron distanciándonos.
    Pero cuando la vi me pareció ver a la misma Gabriela que conocí en la U. La misma con su pelo largo y sus ojos intensos. Estaba igual de linda, aunque ella dijera lo contrario. Andaba con sus hijos preciosos y tenía un dejo de tristeza que disfrazaba bien con una sonrisa permanente en sus labios. Arrastraba por inercia el carro con sus dos críos colgando dentro. Le dije que nos juntáramos. Me contó que hace dos meses estaba viviendo en Viña por lo que no había excusa para no vernos.
    Nos encontramos dos días después, luego que ella logró coordinar con quién dejar a sus retoños. Fue como si el tiempo nunca hubiera pasado. Hablamos de la vida y encontré a la misma Gabriela de siempre, soñadora, media inocentona, intensa, apasionada, intolerante. Me contó que tras 10 años de una relación con el padre de sus hijos, todo se había ido a la cresta.
    “Me hubiese gustado vivir antes esta experiencia del desamor y no ahora, a los 40″, me dijo con pena. No entendí sus palabras y ella pareció adivinarlo.
    “Sabes que nunca me tocó bailar con la fea –aunque sí con el feo, dijo a modo de talla – y hace dos meses por primera vez me tocó saber cómo es que te digan ya no te quiero. Siento que no tengo herramientas, es toda una experiencia, suena un tanto soberbio, pero sabes a lo que me refiero. Nunca antes alguien no me quiso”, me explicó haciendo esfuerzos para no llorar.
    Claro que la entendía. Allí estaba la niña popular, la niña de la que todos, de una u otra forma, se enamoraban, la niña que siempre tuvo la suerte del amor correspondido, la niña que siempre decidió el final de sus relaciones. Allí estaba, lidiando con el desamor y el olvido, intentando levantarse tras escuchar lo que no quería. Era la misma, o tal vez ya nunca volvería a serlo, pero para mí seguía siendo la misma aunque ella no quisiera verlo.
    Quedamos de volvernos a ver. Después de dejarla en su casa, me vine pensando que nunca se está preparado para el desamor, aunque tengas 20, 40 ó 50.