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    01.12.2014

    El primer no aniversario

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    (Por Amalia Paz)

    “Estoy de aniversario así que déjate caer por la casa esta tarde”. Fue la extraña invitación de Gabriela. Tan extraña que no pude resistirme y a eso de las 19.30 estacionaba con dificultad en la estrecha calle donde vive con sus cachorros.  Estaba distinta, menos delgada, con cara de cansada, pero creo que con menos tristeza que la vez que la encontré en el supermercado y me contó que se había separado. Sus niños no pensaban perderse la tertulia, pero acostumbrados a acostarse con las gallinas sucumbieron al sueño: uno sobre el sillón y el otro en la alfombra. La ayudé a llevarlos a sus camas y retomamos la conversa.

    “Oye, ¿aniversario de qué? Me perdí”. La Gabriela estalló en una risa divertida. “Hoy cumplo un año separada. Un año desde que pensé que no podría volver a levantarme, un año desde que escuché la dura condena del desamor…y aquí estamos: viva, recuperándome y sintiendo cada vez con mayor certeza que nada es para siempre y que nadie se muere de amor (o de desamor)”.

    Descorchó una botella de espumante que me contó le había regalado una tía hace ya varios meses, pero, según me dijo, no había tenido tiempo, ánimo ni motivo para abrirla. “Hoy es un día especial. No puedo creer que hayan pasado 12 meses. Sobreviví y quiero celebrarlo. No te niego que incluso ayer me pegué una llora breve, porque sigo extrañando ‘el proyecto’ pero me siento viva, recuperándome, sanando la herida profunda que te deja el desamor. Tal vez fue esta lluvia desubicada la que me bajoneó”.

    La Gabriela me asusta a veces. Tiene esa fortaleza que a veces se confunde con frialdad y autosuficiencia, pero yo que la conozco sé que es su forma de aprender a sobrellevar el dolor y la pena. Por eso a veces dudo si abrazarla o no. Por eso opto por escucharla y por pedirle que siga hablándome, que luego la pongo al día de mis cada vez menos novedades en el frente.

    “Sabis chica, el año pasado en esta misma fecha y en esta misma casa sentí que me iba a morir de la pena. Lloré como cabra chica, con ganas de patalear en el suelo. Primero por la pena intensa de mis cachorros, por mi incapacidad de decirles claramente que la mamá y el papá ya no vivirían más juntos, por no haber agotado las velas. Pero el tiempo es tan sabio, los niños han sido mi mayor motor, suena cliché, pero es la verdad”.

    Le dije que sus niños estaban increíbles, sanos, alegres, que ni siquiera dudara de que estaban realmente bien. Le reafirmé que a pesar de todo, mal no lo han hecho con su ex y que eso se reflejaba en los niños.

    “Fíjate que hubo días – de vez en cuando vuelven, pero las menos – en que pensé que me iba a volver loca. Sabes que no me gusta estar sola, que rehúyo a la soledad. Me ha costado hacerme cargo de mí y de los niños. Pero lo estoy logrando, de a poco, con fallas, pero mejorando. Me he focalizado en los niños, me da miedo pensar en las consecuencias que este quiebre puede tener en ellos. No pienso en el trauma ni nada, pero sí en que tengan una vivencia positiva de una posibilidad tan real como lo es la separación de tus padres”.

    Ya en la tercera copa de espumante, la interrumpo y le pregunto sin anestesia: “Ya, estoy clara en el rollo de los niños y tu preocupación por ellos, es una opción válida y te entiendo que hayas postergado otros aspectos. Pero y tú? Qué pasa con la Gabriela, con la mujer?”

    Toma aire profundo, como queriéndome aspirar. Me mira con sus ojos grandes y el breve silencio se me hace eterno. Siento que la cagué, que mejor me hubiera quedado callada. Sus ojos se vuelven a poner brillosos y húmedos. Dibuja de nuevo esa sonrisa tan de ella, su escapatoria.

    “No me pidas tanto po chica, no te niego que extraño estar con alguien, sentirme querida, deseada. Nunca antes me sentí tan refea, pero lo que menos he pensado es en ese aspecto. No sé si volveré a enamorarme, si en realidad quiero volver a apostar por un ‘proyecto’. Me he sentido más vulnerable que nunca y eso me impide tomar buenas decisiones. No te pases rollos, no hay nadie ni tampoco esa fila de galancetes que alguna vez me colgaron en la U. Ya llegará…o a lo mejor no, quién sabe. Salú y ¡feliz aniversario!