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    07.05.2015

    Entre dos amores

    cachorros
    (Por Amalia Paz)

    Instinto maternal, mamaderas, bolsos acolchados, pocas horas de sueño. Hasta los 30 jamás dudé que eso de la maternidad definitivamente no iba conmigo, una opción que muchas mujeres toman con convicción y certeza y que todavía hoy es duramente sancionada por nuestra intolerante sociedad.

    A diferencia de mis hermanos, nunca tuve onda con los cabros chicos. Cero instinto, cero deseo de acercarme a una guagua para hacerle arrumacos. A los 20 tuve un pololo que tenía un hijo y nunca se me pasó por la cabeza aceptar su panorama de acompañarlo para que saliéramos con el nene. No era de mala onda, sino que simplemente no me hallaba, no me nacía. ¿De qué podría hablarle a un niño de 4 años? El panorama implicaba además un sacrificio extra: levantarme antes de las 12 un domingo y eso, créanme, era pedir demasiado.

    Pero como la vida da tantos giros y nuestras convicciones, más de lo que creemos y reconocemos, a veces cambian de manera radical, a los 30 me enamoré, decidí emparejarme, armar mi casa y a los años tener un hijo. Tenía 33 cuando supe que mi primer cachorro comenzaba a cambiar mi vida para siempre. A los 34 me convertí por primera vez en mamá. A las 2.58 del 31 de marzo de 2007 lo escuché llorar. A los pocos segundos lo tuve sobre mi pecho y juro que nunca, nunca olvidaré su olorcito y el contacto de mi piel y la suya en nuestro primer abrazo.

    El 2010, el mismo año del terremoto y con la decisión discutida y tomada, me volví a embarazar y pese a mis dudas y temores, volví a enamorarme con locura y, mágicamente, sin dejar de amar un milígramo al cachorro primero. Cerca de las 14 horas del 13 de julio de 2011 llegaba mi segundo cachorro. Un chiquitín serio y lloroncito que sólo se calmó cuando estuvo sobre mi pecho.

    Esos dos hombrecitos me cambiaron la vida radicalmente. Me vuelven loca con sus gritos y peleas, pero me hacen reír como ningún hombre lo ha hecho. Me miran de un modo que sólo ellos saben y lo mejor de todo es que cada vez que pueden me dicen que soy una super modelo aunque venga saliendo del baño con pantuflas y toalla.

    Son mis dos amores, esos hombrecitos que se cuelan en mi cama en la madrugada y que hacen que mi piel se erice cuando los siento respirar a mi lado o que ya dormidos susurran cuánto me aman y toman mis dedos para dormirse seguros de que estaré a su lado.

    A esos cachorros bellos, a esos niñitos que amo con locura y que le dan el mayor sentido a mis días, a ellos les agradezco haberme mostrado esta faceta que creí imposible en mí.

    A Tomás y Pablo