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    20.05.2015

    El color ¿importa?

    japy elefante
    (Por Amalia Paz)

    Hace unos días una amiga me compartió un correo que le llegó con ofertas de juguetes sexuales. Mi amiga, que ya supera los 45 y que, a diferencia de muchas, goza de una saludable salud sexual y sentimental con un marido al que, aun a pesar de los años, ama con locura, se reía de los chillones colores de los vibradores. Ella, que de cartucha nada tiene, me confidenció que nunca ha sentido la necesidad de tener uno, aunque desde que su marido trabaja en Santiago se lo ha cuestionado cada vez con mayor frecuencia.

    Indecisa de adquirir uno aprovechando un ofertón de Japi Jane, me preguntó mi opinión. Yo le dije que lo consideraba indispensable – sobre todo si estás sola y sin guatero con uña – y que no dudara en comprarse uno. “Lo que no entiendo es por qué tienen esos colores tan chillones, tan artificiales”, me planteó, más inclinada por comprarse uno más real o por último, tal como me dijo, uno negro. Le expliqué que mi teoría tiene que ver que por tratarse de un juguete sexual, éste debe estar a prueba de blancura, es decir, si tus hijos, por ejemplo, hijos pequeño digo, lo llegaran a encontrar, piensen que es un juguetito de mami y nada relacionado con el “sepso”.

    Ella rió a mandíbula batiente con mi teoría, contrargumentando que los colores para ella eran un tema y que verde, rosado o amarillo, simplemente le apagaban todas las ganas. “Pucha amiga, es que el color es lo de menos, lo importante es la función que cumple, que créeme, es espectacular”, le expliqué.

    Para que pudiera entenderlo aún más claro – casi como si se me fuera la vida en ello (qué exagerada) – le dije que un mal día puede cambiar con un simple encuentro con tu “amiguito”. Le conté, que hace un par de meses había dejado de lado a mi “compañerito” y cuando volvimos a reencontrarnos, me olvidé cuál de los botones era el que lo hacía vibrar con distintas intensidades. Como los botones son bien discretos y del mismo color de todo el aparato, no lo podía hacer funcionar.

    Estaba sola en casa, me había preparado el ambiente ideal para el momento y el bendito aparato no funcionaba. Empecé a desesperarme, porque ya era tarde, me daba paja salir a comprar pilas y claramente esa interrupción mandaría por la borda una noche que prometía ser hot. Nunca antes le había cambiado pilas a mi juguete así que no sabía si las pilas que usaba eran AA o AAA. Crucé los dedos para que las del control remoto le hicieran. Como el ambiente incluía una película, bajé al primer piso a sacarle las pilas a otro control. Volví como las locas, cambié las pilas y…nada…el desgraciado no funcionaba. Cuando estaba por abandonar derrotada la batalla, encontré el otro botoncito que lo accionaba y…santo remedio…creo que la lucha fue tan intensa que incluso me sirvió para fantasear pensando en esos contratiempos adolescentes, cuando un botón o un cierre se interponían en medio de un furtivo encuentro.

    Mi amiga escuchó casi sin pestañear mi historia y me dijo convencida: “Estoy puro hinchando con el color, qué lesera, cuál entonces, qué me recomiendas…y esa cuestión pa qué es…parece un conejo”. Seguimos vitrineando juntas y buscando el más sofisticado. “Siete vibraciones con pulsaciones, aviso de batería baja, intensa estimulación gracias a perlas en su interior, harán de Jack Rabbit tu mejor amigo”, la descripción era total y tan convincente que terminamos comprando uno cada una.