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    08.06.2015

    Esperando nada

    esperando nada
    (Por Amalia Paz)

    No sé en qué momento pasó, pero lo cierto es que hace años dejé de esperar algo, un comportamiento determinado, una sorpresa, no sé, cualquier cosa inesperada, positiva y romántica. Lo escribo y al releerlo me digo: cómo me miento tan descaradamente.

    No quiero ser injusta con nadie porque hubo quienes me sorprendieron y me hicieron más que feliz con esas ideas locas o esas apariciones impredecibles, pero de alguna forma mi cerebro optó por el pragmatismo plano de no esperar nada, creo que como una forma de protegerme, para así no decepcionarme o no sentirme frustrada. Tal vez me enredo, así que iré con un ejemplo claro.

    Por allá por los 90 tuve un intenso y bien correspondido romance. Tal vez aquel hombre fue el responsable de que mi dinámica romántica se inclinara por estar siempre alerta a una sorpresa inesperada. Cartas, visitas, videos y un sinfín de gestos originales que me hacían sentir única eran parte de su repertorio de permanente conquista. Recuerdo una vez que huyendo de ese amor que ya no era tan correspondido, el susodicho logró conseguirse mi paradero. Yo figuraba en Iquique, cuando Internet, Facebook e incluso el celular eran cosa de un futuro lejano. El asunto es que el hombre logró conseguirse hasta la dirección de la amiga donde me estaba quedando. Me hizo llegar una encomienda de románticos cuentos y cartas donde la musa inspiradora era, quién más: yo, la novia fugitiva. Sueno soberbia, lo sé, pero lean en perspectiva.

    Recuerdo que en ese momento me molestó su acoso, pero innegablemente mi cabeza desquiciada se acostumbró a esa dinámica, a estar alerta a una aparición inesperada, a una carta bajo la puerta o a unas piedritas sonando en mi ventana a la hora más desubicada e insólita. Era entretenida esa adrenalina.

    Tal vez por eso, o más bien por mi inmadurez, muchas veces, en relaciones posteriores me sentí frustrada al comportamiento predecible de mis partners…en especial al comienzo de las relaciones cuando todo, se supone, debe ser intenso. Nada de sorpresas, nada de saludos fuera de los oficiales, nada fuera de lo común. En honor a la verdad y la justicia, sólo en mi última relación mi ex tuvo un par de originales y acertadas sorpresas que más de una lágrima de emoción me provocó. Pero eso ya es historia.

    Por estos días en que no me ladra un perro ni me ronronea un gato, vuelvo a ese pensamiento infantil a propósito de un encuentro inesperado. Fue tan agradable que mi pensamiento infantil volvió a traicionarme. Mi decisión mental de no esperar nada, volvió a esperar algo: que el guapo en cuestión se consiguiera mi celu con una amiga, que me buscara en face, que me mandara saludos…pero nada. Todo lo que me pareció intuir en ese encuentro inesperado, no fue más que mi fantasiosa imaginación. Lo escribo y me río con una mezcla de vergüenza y pudor.

    Será tal vez que ya no tengo 20, ni 30, que es cuando aún estás en plan de conquista y cuando lanzarse a la piscina es parte del repertorio natural. O será simplemente que al susodicho ni siquiera se le ha pasado por la mente. Me miro en el espejo y pienso en qué minuto pasó tan rápido el tiempo y cuándo fue que el mundo giró de manera tan violenta que me situó en otro lado.