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    26.09.2012

    Acción y emoción en la política

    La política es parte de la vida de la gente, aunque la mayoría de los ciudadanos a veces reniega de este quehacer. Hoy en Chile los políticos no gozan de buena fama, y por eso todo lo que se haga para mejorar esta imagen es un valor en medio de la innecesaria existencia de formas equivocadas de dedicarse a esta labor.

    La acción política lleva por delante un desafío: superar los verdaderos traumas de las sociedades. Los ciudadanos estamos propensos al error, por eso hemos confiado en quienes son depositarios del poder político y de las decisiones que en masa no se podrían tomar a cada rato. Esta última norma quizás no se esté cumpliendo conforme lo espera la sociedad chilena; por eso decaen los gobiernos, las coaliciones, las autoridades. Por todo esto necesitamos más democracia, más plebiscitos, una Constitución digna.

    Dudo que las próximas elecciones municipales sirvan para mejorar la imagen de la política; especialmente cuando, en lo local, antiguos seres deseosos sólo del poder, que antaño actuaron con tacto muy poco democrático, se ciernen sobre algunas de las comunas de la provincia de San Antonio. No sólo debe haber un cambio generacional en este plano, también deben quedarse y/o llegar los mejores a los municipios. A los figurones nadie los quiere.

    Lo esperable es que los candidatos y también las autoridades en ejercicio demuestren que para hacer política no hay que usar la violencia en una campaña como la municipal, que partirá en los próximos días. Basta que un juego de brigadistas se escape de las manos para que todo se pudra. Ya hubo una escaramuza que ha sido comentario de las cúpulas políticas locales. Ojalá esa sea una mera anécdota. Todos deberían querer que gane la verdadera acción política, esa que transforma la sociedad para darle bienestar a la gente que más necesita. No sería justo que se impongan la emoción y la pasión mal entendidas, y que ellas se adueñen de los discursos.

    No necesitamos demagogia, ni regalos electorales, ni vociferantes tuiteros que denostan a sus adversarios políticos con malas artes. Un poco de debate productivo le hace bien a una sociedad que recién empezó a despertar el año pasado y que lo hizo bajo el inolvidable marchar de los estudiantes, esos que quizás son los únicos que se han sobrepuesto a las élites que tanto se autocuidaban y se esmeraban por no hacer cambios.