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    09.02.2012

    La burka: Tan incomprensible como brutal

    Este fue el escenario: En las orillas del Mar Muerto, un lujoso resort de Jordania. Casi 40 grados con un sol que literalmente quema. Las piscinas parecen ser el escape ideal. Niños y hombres corriendo por la orilla y jugando en el agua. En una esquina, las mujeres protegidas solo por un quitasol, pero eso no era todo, estaban vestidas de negro y cubiertas de pies a cabeza.

    No venían de un funeral ni menos estaban en uno, es más, era probable que alguna de ellas ni siquiera deseaba usar esa ropa, pero esa era la vestimenta que debían llevar. Una vestimenta que las hacía solo distinguibles como personas por sus movimientos. Algunas incluso con los ojos cubiertos y otras con lentes de sol (muy negros), el máximo utensilio diferenciador que les parecía estar permitido.  La imagen sin duda llama la atención por decir lo menos. La marcada diferencia entre hombres y mujeres. La abismal diferencia que esa cultura sostiene sobre los géneros y lo que es más, la clara falta de libertad de la mujer para vestirse y diferenciarse.

    No era la primera vez que veían a una mujer con burka (o burqa), en Tailandia e India, existen algunas mujeres que se visten de esa forma, pero la cantidad es menor y quizás el entorno playero, donde uno acostumbra a despojarse de las ropas para disfrutar de la piscina o el mar, hizo más dramática la presencia de estas mujeres que deambulan como fantasmas que quieren pasar desapercibidos, pero que inevitablemente atraen la mirada de nuestros pocos acostumbrados ojos occidentales. En esa misma playa y piscina otras mujeres (claramente extranjeras o al menos que aparentemente no profesaban la religión musulmana o islámica) vestían sus trajes de baño y disfrutaban de la piscina, como un símbolo inequívoco de lo diferente que pueden llegar a ser las culturas y de lo brutal que resulta una frente a la otra. Brutal en el sentido de que están tan divergentes que cuesta pensar que entre esos ropajes existe una mujer, es la máxima invisibilización, anulación y ablación social del género.

    Otra imagen que me resultó brutal de una mujer usando la burka, fue en Egipto. Un restaurant repleto a la hora de almuerzo. En su mayoría hombres y niños, pocas niñas y mujeres. Nuevamente la imagen calcada del atuendo negro hasta arrastrar el piso, el rostro completamente cubierto y evidentemente escoltada por su esposo. No era la única, pero algunas podían al menos dejar sus ojos a la vista o usaban una delgada malla, pero ella estaba tapada. Durante el almuerzo crucé un par de fugaces miradas hacia la mesa y comprobé la peripecia de la mujer para poder llevarse la comida la boca. Levantar cuidadosamente el velo con la intención de no dejar nada a la vista, llevar la cuchara hacia la boca y repetir sin permitir que la piel aflore ni un milímetro a los ojos de cualquiera.

    No entiendo cómo es posible que una prenda de vestir como esa sea tan masiva en el mundo, en países como Tailandia, Jordania y Egipto (que fueron los que visité, pero lo que es peor, hay otros países donde la situación es aún más extrema)  era común ver a las mujeres en grupos y vestidas de esa forma.  Algunas con el rostro semicubierto y otras con la cara escondida y relegada tras un velo que representa el atraso y porque no, un indicio claro de que es necesario luchar en pos de la igualdad. Los musulmanes poco hablan de eso, si los cuestionan o se les toca el tema como yo lo hice, se enojan y se justifican en sus códigos religiosos y en que su tradición es aceptada incluso por las propias mujeres. Ellos parecen no entender que la tradición y la cultura esclavizan y es probable, que muchas de esas mujeres se sientan esclavas de una tradición que se rige por estrictos códigos machistas, avalados por la religión, más aún, donde no tienen voto ni voz para ir en contra de una ley impuesta por hombres.

    Sin duda la situación de la mujer en los países islámicos y musulmanes es más grave que el simple uso de la burka, pero esta vestimenta se alza como el símbolo inequívoco de la inequidad, la violación de derechos y de la inexcusable necesidad de alzar la voz para terminar con ese tipo de abusos. En un mundo donde avanzamos a paso constante, con algunos tropiezos, hacia la igualdad de géneros, una parte del planeta se quedó estancado, sumido en una tradición cruel y nosotros actuamos como simple turistas: mirando y admirándonos, como si fueran piezas de un paisaje exótico y nos olvidamos que debajo de esas vestimentas hay mujeres que sufren una discriminación irracional y brutal. Nos olvidamos y callamos, como muchas cosas más, preferimos dar vuelta la cara y no hacer nada. Espero que la ONU intensifique su trabajo y al menos logremos que esas mujeres dejen de ver el mundo a través de un velo impositivo y literal, que les nubla la perspectiva de su propia libertad, una libertad que debería ser aspiracional para todos y todas, sin burka y con la cara al viento.