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    04.07.2012

    Copiapó ya no es un pueblo III: ¿Qué nos deja la minería?

    28 mil millones de dólares en inversión, decenas de proyectos, primeros lugares de crecimiento y un boom inmobiliario sin precedentes, todas supuestas consecuencias del auge minero que vive la Región de Atacama. Una oportunidad irrepetible y que ya muchos comparan con el auge que vivió la zona con el Mineral de Chañarcillo durante el siglo XIX. Pero, en realidad ¿qué nos deja la minería?

    La minería es sin duda una actividad que marca a la Región de Atacama, su historia, los pirquineros/as, el mismo rescate por el que es conocida mundialmente la ciudad; todo gira en torno a una actividad que además, ahora promete ser el motor para el desarrollo de la zona. Los más optimistas esperan que de aquí a cinco años la ciudad tenga casi el doble de habitantes y que sea la primera zona del país el alcanzar las cifras consideradas como “de desarrollo”.

    Si bien hay hechos que no se pueden negar, como por ejemplo la grave contaminación que dejaron yacimientos ubicados en el Valle de Copiapó y una sensación de que “no es suficiente” la cantidad de recursos que quedan en la zona, la minería ha dejado más que otra de las actividades que fueron “boom”: la exportación de uva de mesa. En los 80 vino este boom que lleno de belleza varios rincones del Valle de Copiapó, con alfombras verdes que todo lo cubrieron y que fueron además secando las napas subterráneas. A parte de la belleza, los cambios no fueron muchos, los trabajos temporales y precarios, el agua en forma de uva extraída del valle para llegar a supermercados del mundo y una ciudad estática, deprimida y paralizada son signos de esa época. Al menos así lo vimos una parte importante de quienes vivimos en Copiapó por años.

    Con la minería al menos, el boom tiene algo más de visible. Una ciudad que crece (con vicios, problemas y todo lo que quieran, pero crece) y una lógica que llena de esperanzas sobre el futuro. Ahora, ¿es suficiente?, por supuesto que no. Las mineras quedan al debe frente a ámbitos como la tributación, el royalty (aspectos en que nuestra legislación es más que deficiente) y el real aporte al crecimiento local. Los proveedores siguen siendo de Santiago y sin obligación de tener al menos una sucursal en la ciudad. La mayoría de los profesionales pasa de las faenas al aeropuerto o por el camino a La Serena y no hay una política clara de las empresas para crear arraigo en sus trabajadores/as o de privilegiar que vivan en la zona a que hagan viajes constantes y costosos a sus lugares de origen. Es cierto la ciudad tiene carencias, pero esas carencias se suplen en la medida que el trabajo sea contundente. Colegios, centros de recreación y varios conjuntos habitacionales nacen al alero de una política empresarial más localista. Eso debemos exigir. Profesionales que se queden y aprendan a querer a la región o bien, que se vayan y busquen trabajo en otro lugar. Simple y preciso. No más afuerinos criticones y desarraigados, nostálgicos por sus tierras y sembradores de malas vibras.

    A eso sumar mucho más. Aportes culturales locales (como lo hacen algunas empresas en forma, a veces, desafortunada e insuficiente), políticas de buen vecino y una identidad más regional para sus trabajadores y trabajadoras. Más recursos y voluntad por utilizar las posibilidades que da la ley para tributar en su lugar de origen y una postura más amable frente al medioambiente, aunque ahora ni se compara con lo que hacía anteriormente, siempre se puede más.

    Queremos recordar este boom con alegría y que los libros de historia no hagan una comparación literal y exacta de lo que fue el auge de Chañarcillo, que en esta ocasión el auge no deje solo añosos y hermosos monumentos nacionales en desuso, si no que deje una huella más profunda en la zona: la satisfacción general de sus habitantes.