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    01.01.2013

    El poder del amor

    Dicen que el amor mueve todo. Nos hace sentir vivos, nos moldea. El amor es el motor de todo, pero también es el motor del dolor. El amor en todas sus formas es maravilloso, pero también una cruel espina que se clava en el corazón y lo hace sangrar. Podría esperar al 14 de febrero, pero hoy quiero escribir sobre el amor.

    Las miradas se cruzan y los ojos se sobresaltan. Una punzada se gesta en el interior y un nudo en el estómago se esparce como una espuma que sube por cada parte de las entrañas. Las manos responden solo a los roces y la boca se transforma en un recipiente seco necesitado de agua.  Las piernas tiemblan y el roce parece una espada que clava más allá. Es el amor que se gesta como una bacteria que contamina todos los rincones de nuestro ser. Es el amor ese sentimiento maravilloso que se nutre de nuestros deseos y se alimenta de la sinrazón. Es el amor también el motor del dolor.

    La necesidad y la libertad conviven en el amor. ¿Cómo amar y dejar libre sin retener ni necesitar? ¿Cómo amar sin dejar ir? Cómo las miles de canciones clichés que suenan en las radios, que parecen verdades insolentes e inundadas de los lugares comunes. Son verdades, que penetran en los oídos y que magullen nuestras tripas. Es el amor un grosero  que es capaz de anular la razón más certera. Que es capaz de aniquilar a la mente y su raciocinio.

    El amor es maravillo, pero cruel. Cruel en su dependencia, en la necesidad asfixiante de tener a ese alguien a nuestro lado, aun cuando lo queramos libre y sin ataduras. Es el amor sin pertenencia, sin correspondencia, también el motor del dolor más punzante. Es el inicio de un camino lleno de piedras que difícilmente se pueden sortear. Es amor como un rugido inquietante que nos lleva a la desesperación. Amar sin tener. Amar sin ver. Qué complejo es amar. Cómo escapar de él, si nos bombardea a cada momento con su presencia. Es imposible. Por más que corramos, por más que huyamos, llegará y nos moverá el piso, destruyendo cual terremoto nuestros cimientos. Maldito amor, no sabes cuánto quiero escapar de ti.