Invita a tus amigos a usar nuestra aplicación

Usan la aplicación de soychile.cl

    29.01.2013

    Recuerdos de mi gran apertura

    El 13 de enero del 2009 mi vida dio un giro. Estuve en un quirófano por más de 7 horas. Un tumor intracraneano había surgido como un pequeño y molesto huésped que se había alojado en mi cerebro. Ese día mi existencia cambió y me permitió mirar la vida como la veo ahora. No sé cuán cerca estuve de la muerte, pero sin duda será un recuerdo que me seguirá por siempre.

    Hay cosas que nos marcan por siempre y que se transforman en hitos que dividen nuestras vidas. Una enfermedad grave, la pérdida del amor verdadero, la muerte de alguien querido, son episodios que se quedan por años y a veces para siempre. Nunca olvidaré lo que aprendí con cada uno de estos episodios.

    El martes 13 de enero de 2009 fue un día para no olvidar. ¿Tuve miedo? Sí, pero menos del que podría haber tenido en una situación como esa. Miraba a mis hermanas, amigos/as, a esa persona especial y delataban un horror que yo no entendía mucho. Quizás anule esa sensación como una forma de protegerme. Mi miedo mayor no era a morir, era a quedar ciego, que era una de las posibilidades o riesgos con la operación. Eso sí lo recuerdo. Recuerdo que pensaba en mi vida en la oscuridad y no lo podía entender. Hoy más que nunca valoro a quienes saben salir adelante de una situación adversa o quienes viven con capacidades diferentes.

    El camino al quirófano fue raro. Una sensación de extrema tranquilidad me invadió. Aún pienso en ese momento y en lo que vino después. Dirán que no es posible, dirán que lo soñé o lo imaginé y es probable que así sea. Aún no sé bien que fue lo que ocurrió. Lo único que sé es que ese pequeño segundo hizo cuestionarme todo. Mi vida, mis sueños, mis amigos/as, mi postura frente a la vida y frente a las cosas que quiero, siento y deseo. Mi postura frente a Dios, con esa negación tan determinante, que a veces pienso no era más que una forma de reafirmarlo. Bueno el punto es que en medio de la operación tuve un fugaz instante de consciencia. Desperté o al menos eso creo. A varios/as les he contado este episodio y no sé si sea posible. Recuerdo el quirófano, los médicos y mi nariz abierta de par en par y con borbotones de sangre salpicando. La doctora diciendo que tenía un derrame y el doctor diciendo que tienen que controlarlo. Quizás fue solo un sueño, pero marcó un momento clave.

    Fragilidad y aunque nunca lo dije, en ese instante una imagen, una persona y un nombre se me cruzó por la cabeza y sentí miedo.  Al salir de la operación, el médico confirmó que había tenido un derrame durante la operación (el peor escenario posible), pero sin secuelas inmediatas, solo tener que pasar tres o cuatro días en la UCI.

    El desenlace médico fue favorable. No quedé con nada de secuelas y el tumor desapareció, pero las secuelas en mi memoria son latentes. Ese instante, ese segundo fue un golpe, que aún no puedo descifrar, pero que me sirvió para un camino que hoy se hace más elocuente. Golpe a golpe este camino se abre paso como cuando construyen una carretera y se deben socavar cerros. Fue el tumor, la operación, el despertar y luego una pérdida mayor lo que terminó por enrielar mi camino. Un camino que no sé dónde terminará, pero que renovó mi fe y la relación con algo superior que no sé identificar. Dios en mi camino, quizás.

    Aprendí tantas cosas de ese episodio. El valor de las personas, de la familia, los amigos/as, etc. El valor de la fe y de la oración. Aunque no se crea, las buenas vibras se sienten. Y por sobre todo aprendí a valorar a quién tenía al lado. Su entrega, sus roces de apoyo y su mirada de “todo estará bien”, son cosas que no se me borrarán jamás.

    Tantas “gracias” que me faltaron.  En fin, aprendí y harto.

    Hoy puedo decir que no sé cuán cerca estuve de la muerte, pero sí puedo decir, que ese episodio estará por siempre en mis recuerdos. Algunos no tan buenos, momentos de pesadilla, pero que hoy moldean lo que soy.