Me tocó sufrir

19.12.11

Esperé toda la semana el partido. Y sabía que la cosa no sería fácil. Después de siete fechas de la fase regular, mi equipo, El Convento, había clasificado al cuadrangular final que se jugaba en un solo día en la localidad de Las Salinas, en una cancha que entre las 11 de la mañana y las 4 de la tarde es lo más parecido a estar dentro de un horno de barro con las brasas encendidas.
La cosa no sería fácil no sólo por la temperatura. El sábado había celebrado el cumpleaños de mis hijos en Santo Domingo y por la noche tuve que viajar a La Reina para decir presente en el matrimonio de “El Pato” Castillo, mi ex compañero del Instituto Nacional y amigo de toda la vida. Me cuidé en el casorio. No quise bailar para no gastar energías y me tomé una –de verdad- sola copa de vino en la cena, matizada con harta bebida.
Pero ocurre que a estas alturas de la vida ya que no soy el mismo adolescente que llegaba a la Cuarta Zona después del carrete o con una o dos horas de sueño en el cuerpo. Y nunca lo he querido aceptar. Todavía me creo lolo. Me siento un niño en cuerpo de grande.
Me acosté a las tres de la mañana, muerto de cansado, y al otro día desperté con el cosquilleo en la guata, ese que me da cada vez que tengo un partido importante. Me duché con agua fría para despertar los músculos y partí, con la Romy y los cabros chicos, para la cancha. La jornada podía ser histórica y quería que mis hijos vieran a su papá, a los 36 años, jugando en primera y levantando la copa.
Pero al llegar a la cancha había malas noticias. “El Chunga”, el presidente del club, me dice que estamos obligados a ganar en Primera, porque “El Pejerrey”, el dueño de casa y clásico rival de El Convento, nos había ganado en Tercera y Segunda. Así que teníamos dos opciones: ganar o ganar.
Y el ganar ni siquiera nos aseguraba el paso a la final. Así como estaban las cosas, debíamos vencer y luego ir a la lotería de los penales.
El partido fue un clásico de principio a fin. Salimos a la cancha con humo blanco de extintor y en medio de una lluvia de papeles picados. Nos juramentamos dejar todo en la cancha y quedarnos con el triunfo.
Aplastamos a Pejerrey y los dos primeros goles salieron de mi pierna derecha. En el primero dejé solo al “Macha” en el área chica y en el segundo lancé un tiro libre que conectó el “Machuca” de cabeza. Después vino el 2-1 tras un penal inventado por el árbitro y a poco del final volvió a celebrar el “Macha” para poner el definitivo 3-1.
Y llegaron los penales. Le pedí al “Chunca”, que además de presidente es el DT de la primera, que me dejara tirar el primero. Lo había pensando en la semana. Si me tocaba patear, nada de colocarla. Tenía claro que le iba a pegar fuerte y derecho.
Caminé desde la mitad de la cancha rumbo al punto penal en medio de una nueva lluvia, esta vez de insultos de la barra rival: “Viejo cul…, peleo conchetu… y viejo de mierda, aquí tienes un bastón”, fue lo más suavecito que me lanzaron en esos cuarenta y tantos metros de trayecto.
Tomé vuelo y miré al Kilo, el arquero rival. El también me miró fijo a los ojos. Aquí te cago, pensaba mientras corría hacía el balón. Le pegué y sentí que los 40 grados que había en la cancha subían a 80 o a 100. No le pegué ni fuerte ni derecho. Me salió inclinado hacia un lado, a media altura y el Kiko adivinó y atajó.
Regresé derrumbado hacia el centro de la cancha. Ellos no se equivocaron y otro compañero volvió a fallar. Quedamos eliminados y yo con la conciencia destrozada, como si hubiese cometido el peor error de mi vida entera.
Me subí al auto y me fui de inmediato. Nada ni nadie me ha podido sacar el sufrimiento hasta ahora, cuando ya han pasado más de 24 horas de mi dolor deportivo más grande del último tiempo.
Anoche me costó conciliar el sueño. Le di mil vueltas al maldito penal y pensé en por qué no se la tiré al otro lado, o arriba, o arrastrado y en todas esas cosas que uno piensa después de que pasan las cosas. Hasta llegué a pensar en para qué pedí el penal, si ya había hecho un buen partido. Pero al final, y ya para quedarme dormido, me convencí de dos cosas: primero, que para patear hay que tener los cojones que yo tuve; y segundo, que nunca más participaré por iniciativa propia en una definición a penales.

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