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    21.11.2013

    La nube negra

    san luis
    (Por Luis Alberto Montenegro)

    Hay veces en que pareciera que todos los planetas se alinearon en tu contra. Y para mí ayer fue uno de esos días.

    Partí temprano al trabajo con toda la ilusión de siempre. Viajé con mi querida cámara y el trípode que siempre llevo al estadio para sacar fotos de nuestra hinchada. Mi idea era arrancarme unos 15 a 20 minutos antes, hacer que mi amigo Claudio me esperara en carretera y que me llevara al estadio. Si el tiempo me daba, ojalá llegar a casa a cambiarme de ropa para ponerme la polera y no ir de terno como fue la semana anterior.

    Al comienzo, parecía que la suerte me iba a sonreír. Tenía una visita a proveedor, que yo creía que era hoy jueves. La agenda decía como hora de término de la visita las 17:00. ¡Ideal! Terminábamos a las cinco, media hora como mucho en volver al centro, tomaba el bus de cinco y media según mis cálculos estaría poco antes de las 7:30 en casa. Sin embargo, la situación comenzó a cambiar de súbito.

    Las reuniones en el proveedor se alargaron, la tertulia se extendió y salimos con casi 40 minutos de retraso del lugar. Era en ciudad empresarial, y un taco interminable en el túnel San Cristobal era la primera señal de la nube negra que se ceñía sobre mi cabeza. Finalmente volví al centro a la misma hora que salgo del trabajo todos los días. Igual, según mis cálculos, la jugada con Claudio esperándome en carretera sería suficiente para llegar unos cinco minutos antes del partido. No me perdería nada.

    Pero mis esperanzas se fueron al suelo llegando al sector de Las Chilcas. Un taco infernal como no me había tocado en todo el año me aguardaba. El bus sin ventilación, el calor, el teléfono casi sin batería y el tiempo avanzando vorazmente mientras estaba a kilómetros del estadio. El taco se hizo eterno. La desesperación cundió. No podía creer lo que me pasaba.

    8:20 llegué al punto de encuentro con Claudio. Revisaba Twitter con lo poco que me quedaba de batería; iban cero a cero. Al menos nada había pasado. Me subo al taxi y cuando tomábamos la rotonda de hijuelas hay penal. Cierro los ojos, trato de imaginarme en el estadio de la misma forma en que cerré los ojos cuando Matías pateó en el arco sur ante Colo Colo. Gol de San Luis. Respiro aliviado.

    “Hay que aguantar el primer tiempo, después rematamos”, dije. Sin embargo algo me hacía pensar que no terminaríamos así. Si, era la nube negra.

    Llegando a Quillota a la altura del Paradero 7 sucede lo inevitable. Gol de San Felipe. “Mierda” exclamé pegándole a la guantera del Taxi. Quería llegar. Todavía no había podido ver nada. Llegamos al centro cuando se jugaba el minuto 45′. “Déjame en la casa no más Claudio, necesito cambiarme de ropa”, le dije y entré corriendo.

    Tomé mis cosas angustiado y corrí al estadio. Un par de personas me saludaron a la pasada. Tenía que llegar antes de comenzar la segunda mitad. Lo hago y entro como siempre aleonando a la gente. Me siento, desempaco mi trípode y en el camino una pieza se desarmó. “No puede ser, no puede ser”.

    Gol olímpico. “Mierda, de nuevo” me digo casi mordiéndome los labios. No lo podía creer. Minutos después Matías me devuelve el alma al cuerpo. Me emociona la celebración con Cris. “Lo podemos lograr. Esto no puede terminar así”, me repetía mentalmente cada 20 segundos.

    Tiro libre a falta de pocos minutos. Mientras Osses hacía su show, los visitantes demoraban al máximo la ejecución. “Cagamos” me repetía constantemente y miraba desesperanzado al cielo, la nube negra estaba ahí y no había como sacársela de encima a esas alturas. Golazo. Lo vi 15 segundos antes de que pasara. Como si fuera un deja vu.

    Termina el partido. Quiero salir, quiero irme, me quiero enterrar. Nadie pudo levantarme la moral. Me llevo las manos a la cintura. De verdad y siendo sincero, hace 21 años que no me amargaba tanto una derrota. Todavía recuerdo cuando era un niño y me corrían las lágrimas cual afluente terminado el primer tiempo de aquel maldito partido con Ñublense, por la liguilla final del 92. 4-2 terminamos perdiendo y creo que es el día que más amargado me sentí por el fútbol. El día de ayer roza las sensaciones que tuve ese día.

    Es cierto, hemos tenido derrotas mucho más feas e incluso más humillantes, pero aquellas veces no peleábamos nada, o en el peor de los casos, sabíamos que no teníamos como evitar la derrota. Esta vez teníamos la ilusión más grande del mundo y la dejamos ir en solo 90 minutos. Estuvimos a tres partidos de la gloria, pero la nube negra que divisé ayer en la mañana nos dijo lo contrario.

    Qué amargura.