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    26.06.2013

    Al otro lado del mesón

    local uno

    Hace un par de años pasé al otro lado del mesón. Con mi socio pusimos un almacén en Ñuñoa. El Local Uno. Dice el dicho que nadie te enseña a ser padre. A ser almacenero tampoco. Y chucha, el comienzo es difícil, pero nos lanzamos. Y claro, lo primero que nos encontramos fue con un gran escollo: TODO.

    Para comenzar había que inventar la figura de nuestro local para así sacar los permisos adecuados en el SEREMI. Queríamos vender elaboraciones artesanales de diferentes carnes, picoteos y tener la posibilidad de hacer sándwiches.

    Trámites, trámites, tramites. Funcionarios con cara de culo y manuales en chino. Hasta que llegamos a nuestro título: “Pequeño almacén con venta de sándwich y café al paso”. Luego, con el optimismo propio del emprendendor ingenuo y las ganas de hacer las cosas bien, fuimos a la SEREMI a concretar nuestro sueño del boliche propio. Allá nos recibió un funcionario. ¿De qué hablamos cuando hablamos de un funcionario? Podría escribir 21 libros y una carta de puteadas desesperadas, pero me remitiré a decir que, al menos en mi experiencia, se trata básicamente de un grupo de personas que te hacen la vida a cuadritos. Gente cuyo afán es ponerte a prueba. Mirarte con desdén, desorientarte y frustrarte.

    Nos pusieron a prueba una y otra vez intentando cansarnos para que volviéramos a casa frustrados, odiando e intentando abrir un negocio para esparcir nuestro odio (O quizás dejar un CV en el SEREMI, que parece un buen lugar para odiar).

    Los primeros peros: “No pueden cocinar, no pueden hornear, no pueden calentar, no pueden freír”. Con todas estas restricciones, la única salida que vimos fue pensar en hacer unas berenjenas en escabeche. Sin calor es difícil elaborar algo. Chao, no nos desmoralizamos. Volvimos. Y la respuesta fue directa: “¿Para qué van a preparar esas hueás si son tan malas?, no van a vender nada”.

    Y más preguntas del SEREMI:

    -¿Cuánto mide su local?
    -4 por 4 metros, respondí.
    -¿Cuántas personas lo atenderán?, preguntaron.
    -Una, dije yo.
    -Okay, necesita tener tres baños, los tres con ducha.
    -¿No será demasiado considerando que atiende una sola persona y que no necesitamos baños para el público?, le dije.
    -Bueno, dejémoslo en un baño… con ducha.
    -¿Será necesaria la ducha?
    - Bueno, sin ducha.

    Finalmente, después de tanta joda, podíamos abrir el local.

    Y ya no éramos los mismos. Higiene, servicio, seguridad, espacios separados, etcétera. Asuntos pertinentes pero estipulados para verte caer en el intento. Pero pico, nosotros queríamos nuestro local. Le sacábamos fotos desde que lo conocimos. Lo trapeamos, lo pintamos. Pusimos porcelanatos, compramos mesones, cortadoras, barras, vitrinas y cuando nos dieron el permiso hicimos una fiesta en la calle con los vecinos y nuestros amigos.

    Y hoy somos felices. Porque tenemos nuestro almacén y nos encanta atender al caballero uruguayo que cada sábado va por su llunganizza, coppa y mozarella. Nos gusta vender cosas buenas, inventar sánguches únicos, conocer proveedores aunque haya que perseguirlos un año entero como a Don Primo de Capitán Pastene, investigar productos e incluso ir a conocerlos en sus talleres como a María Mardonez y sus quesos de Curacautin. Inventar cada semana algo nuevo para mantener el movimiento. Y porqué no: comer bien.

    Los cabros chicos estudian en el colegio. Los almaceneros estudiamos en el SEREMI. Y si pudimos sacar el título, podemos hacerlo todo. Nuestra clientela lo sabe.