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    06.06.2013

    En gustos no hay nada escrito

    bar

    (A propósito del partido de mañana entre Chile y Paraguay)

    En el Barrio Universitario de Concepción abundan locales donde poder beber cerveza. Existen algunos míticos que vale la pena visitar, como donde mi querida, y que ya nos dejó, Señora Tita, donde la historia reciente se funde entre pescado frito, canto nuevo, cerveza, sopaipillas y pan amasado. Un museo abierto a quien quiera visitarlo.

    Pero hoy por hoy el barrio ha cambiado. El que se dio una vuelta al barrio por allá por los años 2000 sabrá que la cosa era distinta, bares que fueron pensión y ahora son casas de diseño. Bares a los que llegabas dateado y cuando regresabas ya no existían. Bares a los cuales debías postular. Bares que nunca funcionaron…

    Cuando jugaba la selección chilena siempre había una tele encendida, podías hacer la previa en el foro o en los pastos (dependiendo de la época del año) o para reservar asiento llegar más temprano al bar. Total, la oferta era variada.

    Pero me voy a enfocar en un barcito al cual le tengo mucho cariño: el Puki (o Pukis). No se, nunca nadie supo su verdadero nombre. Era pequeñito y polifuncional, quedaba a un costado de la Facultad de Medicina y el Hospital Regional por calle Janequeo. Polifuncional digo, porque por el día se servían colaciones, por la tarde era salón de té y en la noche… bueno, cervezas y las clásicas sopaipillas con mostaza. Y en el Puki te debías portar bien.

    A pesar de la variada oferta de otros bares con televisores LCD, pantallas gigantes, meseras buenas mozas, cerveza a bajo costo y ciertas garantías para fumar de todo, el Puki tenía su no se qué, algo especial. Era como estar en el living de tu casa, con tele de 14 pulgadas, siempre bien iluminado y abrigadito.

    Ahí vimos muchos encuentros de la roja en tiempos de perros verdes, donde la eficiencia de la roja no era de las mejores. Pero ahi estábamos, siempre firmes al pie del cañón. No se si el Puki hoy esté en funcionamiento, creo que sí. Si es así, vale la pena visitarlo, porque es de aquellos lugares donde por medio del cariño y la buena atención hacen que la fidelidad del parroquiano no falle.